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Crónica del Umbral que Permanece

Crónica del Umbral que Permanece
Photo by Aakash Dhage / Unsplash

Registro de una percepción que cambia de forma sin ser forzada.

Hora sin nombre.
Lluvia en descenso continuo.
El cuerpo aún guardado en su calor.

No abrí los ojos.

Y sin embargo,
algo en mí
ya no estaba dormido.

El sonido llegó primero.

No desde el mundo,
sino desde una cámara interior
que no suele exponerse.

Un estruendo sostenido.
Como aspas sin aire.
Como un motor sin forma.

No hería.
No advertía.

Aceleraba.

Como si algo en el fondo del cuerpo
intentara igualar
una intensidad distinta.

Y en ese aumento,
la percepción comenzó a reorganizarse.

Líneas.
Horizontales.
De distintos grosores.

Un patrón que antecede
a toda lectura.

Cruzaban el campo cerrado de la visión
a una velocidad
que no pertenece al ojo.

No eran imágenes.

Eran el estado previo a la imagen.

Permanecí.

Sin mover el cuerpo.
Sin abrir los párpados.
Sin intervenir.

Entonces surgió el gesto aprendido:

cruzar.

Desprender el centro.
Intentar el paso hacia otro régimen.

Pero la transición
no respondió al intento.

Insistí.

Y en la insistencia,
lo que era flujo
comenzó a tensarse.

Fue entonces
cuando apareció la forma.

A la derecha.
A la altura del oído.
A una distancia mínima del cuerpo.

Una esfera.

No sólida.
No transparente.

Como en capas de luz.

Sostenida en una luz inusual.

En su interior,
la insinuación de un rostro.

No completo.
No definido.

Suficiente para ser reconocido
sin declararse.

No habló.

No emitió señal.

No asumió función.

Permaneció.

Y en esa permanencia,
algo se hizo evidente
sin necesidad de traducción:

no era ajeno.

Pero tampoco
coincidía con el punto habitual
desde donde percibo.

Era forma.

Cercana.
Estable.
No invasiva.

En coincidencia con el umbral.

Intenté nuevamente cruzar.

Y al hacerlo,
la forma comenzó a retirarse.

El sonido cedió.
Las líneas se disolvieron.
La intensidad disminuyó.

El cuerpo recuperó su peso.

Y la continuidad del día,
sin anunciarse,
retomó su curso.