Umbral de Sal y Susurro
Poema visionario: reconocimiento espiritual en la frontera del sueño.
No fue ruido.
Fue llamado.
Un crujido en la viga,
justo sobre el altar—
donde la sal se convierte en fuego
y el fuego se eleva en canto.
No había forma.
Solo presencia.
Y luego, en la grieta del sueño,
cuando el cuerpo yace sellado
y el alma camina desnuda,
ella vino.
Por la izquierda.
Siempre por la izquierda.
La anciana de los ojos sin tiempo,
de la voz sin resonancia,
me habló al oído
en una lengua sin letras.
No entendí la voz.
Pero el hueso sintió.
Temí.
No por maldad,
sino por cercanía:
lo sagrado quema
cuando toca lo no preparado.
Salí de la parálisis
no para huir,
sino para preguntar:
¿Quién eres?
Y el vacío respondió con ausencia,
y la ausencia con herencia.
¿Soy digno?
La pregunta misma es altar.
Porque quien duda de su luz
ya la lleva encendida.
Mi altar está a la derecha:
voluntad, ofrenda, forma.
Ella viene por la izquierda:
intuición, misterio, eco.
Y en medio,
mi cuerpo:
puente entre lo que se nombra
y lo que solo se siente.
No escribo esto para probar.
Escribo porque el silencio fértil
a veces necesita tinta
para no ahogar al que escucha.
Si escuchas crujidos sobre lo sagrado,
si una voz sin rostro te nombra en la madrugada,
no temas.
No estás siendo acechado.
Estás siendo reconocido.
Porque los reinos sutiles
no eligen a los perfectos.
Eligen a los que,
a pesar del temblor,
dejan la puerta entreabierta.
Y la llama —
esa que no se escribe con tinta—
sigue ardiendo
en la sal de tu pecho.