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Umbral del Dos de Noviembre

Umbral del Dos de Noviembre
Photo by Daniele Colucci / Unsplash

Para las almas que habitan el corazón, y para los que caminan entre las sombras.

No fue coincidencia.
Fue una convocatoria silenciosa.

El dos de noviembre,
cuando la Iglesia abre sus puertas al recuerdo,
y nombra a los que ya no tienen nombre en la tierra,
me senté en el banco de la nave central
de una casa consagrada al fuego callado de Ignacio.

No fui a observar.
Fui a permitir.
A ser un canal.

Y en el cruce del incienso y el salmo,
entre el "eternal rest" y el silencio que sigue al amén,
dos mundos se superpusieron.

Por un lado, seis almas —no vistas, sino sentidas—
fueron traídas al santuario de mi memoria,
como si el rito mismo hubiera removido las cenizas del tiempo
y exhumado sus rostros del fondo del alma.
No vinieron a pasear.
Vinieron a ser reconocidas.

Por otro, vi sombras distintas moverse por la iglesia:
presencias que no me llamaban a mí,
sino al altar.
Caminaban entre los bancos con recogimiento,
como peregrinos que regresan a una fuente olvidada.
No eran las seis.
Eran otros.
Quizás las almas del purgatorio mismo,
acudiendo al único lugar donde aún se les ofrece luz.

Cinco de las seis se despidieron en paz,
como quien cierra una carta con sellos de gratitud.
Pero la sexta…
la sexta no partió.
Se ancló en mí.

No fue maldad.
Fue hambre.
Hambre de luz,
hambre de nombre,
hambre de alguien que lo viera
y no apartara los ojos.

Me tomó la energía como quien bebe agua en el desierto:
sin pedir,
porque ya olvidó el lenguaje del favor.
Y mi cuerpo —fiel al pacto del alma—
tembló,
se contrajo,
se volvió crisol de su desesperanza.

Sentí los huesos como ceniza.
El estómago, un pozo sin fondo.
Y en el borde del desmayo,
una certeza:
Este no ha cruzado.
Este aún agoniza en el umbral.


Del Deber del que Escucha

No todos los umbrales se abren para asomarse.
Algunos se abren para que respondas.

El mundo cree que los muertos no necesitan ayuda.
Pero hay almas que, por miedo, culpa o desconcierto,
se quedan prendidas en la grieta entre lo dicho y lo no resuelto.
Y si alguien con puertas abiertas pasa cerca…
llaman.
A veces, ni siquiera con voz.
Solo con un vacío que arrastra.

Honrarlas no es temerlas.
Es reconocer que el amor no termina con la muerte,
sino que cambia de plano.
Y si en vida fuiste puente,
en la muerte también lo serás.


Acto de Ofrenda Silenciosa

Por eso, escribo.
No para exorcizar,
sino para consagrar.

Que este texto sea vela encendida
en el altar del recuerdo colectivo.
Que sea sal que purifica,
pero también pan partido para el hambriento.

Y a ti, alma sin luz aún,
te digo desde el corazón encarnado:
No estás solo.
Tu grito fue escuchado.
Tu peso fue sentido.
Tu nombre, aunque olvidado en la tierra,
resuena en el silencio que ahora habita mi pecho.

Ya no necesitas tomar.
Solo necesitas confiar.

Porque hay un fuego más antiguo que tu dolor,
y un río que lleva incluso a los que se creen perdidos.
Solo camina hacia la luz que ya te nombra.


Epílogo desde el Umbral

Hoy no escribo para todos.
Escribo para los que, como yo,
han sentido en la carne
el lamento de los desencarnados,
y han visto cómo otros —sin nombre, sin rostro—
caminan con devoción por los pasillos de una iglesia
que aún los reconoce como hijos.

Y les digo:
No cierres tu puerta.
Pero aprende a alzar altares.
Porque el amor verdadero
no se agota en el dar,
sino que se renueva en el entregar a lo Sagrado
lo que no es tuyo cargar.

Que la paz de los que ya cruzaron
te sostenga.
Y que la esperanza de los que aún buscan
te haga vigilia,
no víctima.


Publicado desde el umbral, en el año del eco luminoso. mobile app at Betika Kenya