En la esquina que arde
Sobre la tensión entre el caos y el orden, y el arte de sostener la existencia.
Hay tensiones que no se resuelven.
No se integran, no se reconcilian, no se explican.
Este texto nace de sostener una de ellas,
sin apropiársela.
La Luz sin contención quema.
Lo supe cuando quise quedarme
en el fulgor
y el fulgor no me sostuvo.
La Forma sin Luz asfixia.
Lo supe cuando obedecí al contorno
y el contorno
se volvió prisión.
Creí que el trabajo era unir,
atar los extremos,
cerrar la grieta
con palabras correctas.
Pero no.
El verdadero trabajo
fue aprender a no vivir
en ninguno de los lados,
mientras ambos tiraban de mí.
En la esquina
—donde ya no sirve explicar,
donde la certeza se quema en la boca—
sostuve la tensión
sin apropiármela.
Como quien sostiene un fuego
sin reclamarlo.
Allí no hubo victoria.
Sólo permanencia sin refugio.
Y entendí, al fin,
que no era la Luz
ni la Forma
lo que debía sobrevivir,
sino ese punto desnudo
que no se nombra
y por eso
permanece.
Querida Abuela, este texto habla de aprender a vivir sin agarrarse demasiado a nada. Dice que si uno se entrega solo al impulso, se quema; y si se aferra solo a las reglas, se ahoga. Con los años, uno cree que la solución es escoger un lado o arreglarlo todo con palabras… pero no siempre se puede. A veces, lo más sabio es quedarse en medio: sostener lo que duele sin hacerlo propio, y seguir de pie sin refugios falsos. No para ganar, sino para no perder lo esencial.