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Pan para el Camino

Pan para el Camino
Photo by Jan Ryszka / Unsplash

Día catorce — Hora Sexta

Llevaba el eco de días convulsos,
de esos oleajes internos
que clausuran lo que antes fluía.

Entré al templo sin buscar visión,
solo sustento.

El canto al Señor de los Milagros
alargaba el día en un pulso de luz,
latido que el tiempo no rompe:
memoria que insiste
para que el alma no olvide su nombre
ni el silencio lo desgaste.

Me dispuse.

No pedí el prodigio que rompe las leyes.
Pedí la fuerza que las sostiene.

Al recibir el pan
no busqué el símbolo en las alturas,
sino el mineral en la materia:
alimento para el cansancio del cuerpo,
ancla para la dispersión del espíritu.

Guardé silencio.

Y en ese vacío,
la conciencia se irguió por su propio peso.
Subí, sin moverme,
a una cima interior.

Era tarde-noche.
Había un viento que no hería, sino que limpiaba.
Había el frío de la altura,
donde el aire es poco, pero es puro.

No vi rostros.
Percibí Presencias,
figuras que mi lengua llamó monjes.

No hubo mandato.
No señalaron horizonte.

Solo miraban.

Y en esa mirada,
lo que estaba disperso en mí
empezó a reconocer su propio eje.

Comprendí —en la mudez del espíritu—
que la intención ofrecida
ya había sido atendida.

No hubo gloria.
Hubo reparación.

Regresé.

El templo seguía allí, con su peso de piedra.
Yo también.

Pero el eje estaba alineado.

La paz no era un incendio;
era un reposo.

Y entendí:
el pan es para el camino, no para el trono.
La luz que se recibe
no es para proclamarse,
sino para sostener la marcha
y sostener a quienes caminan al lado.