Práctica de la inercia
Meditación para la quietud absoluta que precede al abismo.
No me preparo para la muerte:
practico el arte de ser el inerte
que aún sostiene la oración en las manos.
Cierro los ojos como al fin de un sueño,
dejo que el pulso se desvanezca en la sombra,
y la plegaria —hilo de luz tenue—
se queda quieta, helada, entre mis dedos.
En esa quietud,
el mundo continúa hablando;
yo —sin voz ya—
respondo con el silencio que devora.