El Vacío que nos Habita
Cuando el pensamiento alcanza el borde del silencio y el alma reconoce un origen más antiguo que las palabras.
El vacío no es ausencia que se alarga,
sino el borde
donde el pensamiento abandona sus límites.
Ni luz,
ni sombra.
Solo el umbral
del silencio anterior.
Como mirar una pupila sin reflejo,
hundirse en una negrura sin nombre,
donde la palabra se desprende
de sí misma
y el silencio recoge
lo que nunca fue dicho.
Allí,
donde el cálculo se quiebra
y la razón pierde sus contornos,
algo antiguo despierta.
El alma toca su origen
sin saber si llega
o si siempre estuvo allí.
Más allá del número,
más allá del nombre,
el cielo susurra
en una lengua de raíz.
Y por un instante,
comprendemos:
no era el vacío
lo que nos habitaba.
Éramos nosotros
quienes habitábamos
su silencio.