2 min read

¿Realmente quién quiero llegar a ser?

¿Realmente quién quiero llegar a ser?
Photo by Jan Folwarczny / Unsplash

Entre el rigor de la arquitectura mental y el silencio de aquello que no se deja medir.

Hay preguntas que parecen sencillas hasta que intentamos habitarlas.

¿Qué quiero hacer?
¿Qué quiero conseguir?

Son interrogantes que pueden responderse con planes, arquitecturas y objetivos. Pero hay una que se resiste a toda métrica:

¿Realmente quién quiero llegar a ser?

Es una pregunta incómoda. No indaga sobre nuestros logros ni sobre la versión futura que proyectamos, sino sobre quiénes somos cuando ya no tenemos que demostrarle nada a nadie.

El conocimiento como distancia

Durante buena parte de mi vida, mi camino ha sido comprender.

Entender lo complejo —los sistemas, los datos, la tecnología—, encontrar patrones y construir un orden lógico.

Hay una belleza innegable en desentrañar un problema. En descubrir la estructura que permanece oculta bajo el aparente caos.

Sin embargo, he comenzado a descubrir que el conocimiento también puede convertirse en una forma sofisticada de distancia.

Podemos modelar la inteligencia, procesar vastas cantidades de información y explicar la materia y, aun así, permanecer existencialmente lejos de aquello que intentamos comprender.

Podemos conocer algo sin necesariamente estar cerca de ello.

Quizá comprender la realidad no sea suficiente para habitarla.

La síntesis entre razón y misterio

No quiero abandonar el rigor del pensamiento para encontrar profundidad, ni renunciar a la sensibilidad para conservar la razón.

Busco la síntesis.

Quiero conservar la precisión intelectual sin perder el asombro; acercarme a la materia sin olvidar la dimensión espiritual; explorar el mundo sin reducirlo únicamente a aquello que puedo medir.

He aprendido que la curiosidad pregunta, pero la contemplación escucha.

La primera me ha llevado lejos.

La segunda empieza a llevarme hacia adentro.

Estamos acostumbrados a tratar el entorno como un problema que puede descomponerse y resolverse mediante variables e hipótesis. Es una forma poderosa de aproximarnos al mundo, pero la vida impone realidades que no siempre admiten una solución verificable.

Hay pérdidas que no se resuelven.

Hay preguntas que quizá no tengan respuesta.

Hay silencios que no necesitan interpretación.

Saber cuándo aplicar el intelecto analítico y cuándo, simplemente, permanecer frente a aquello que no exige explicación también puede ser una forma de madurez.

Una escultura por sustracción

Al regresar a la pregunta inicial, entiendo que intentar responderla con demasiada precisión sería convertirla de nuevo en un problema técnico.

Y quizá esta no sea una pregunta para resolver, sino para vivir.

Llegar a ser quien quiero ser no requiere necesariamente sumar nuevas capacidades ni fabricar una identidad inédita.

Quizá se trate, más bien, de descubrir qué debo dejar atrás.

Certezas absolutas.

Expectativas ajenas.

La necesidad de demostrar.

Incluso la tendencia a utilizar mi propia competencia como medida de mi valor.

Hay algo paradójico en esto: durante años aprendemos a construir agregando. Más conocimiento. Más experiencia. Más capacidades. Más logros.

Pero quizá algunas transformaciones importantes ocurran en sentido contrario.

No por acumulación, sino por sustracción.

Como una escultura que no nace al añadir materia, sino al retirar aquello que sobra.

Tal vez llegar a ser quien realmente quiero ser consista precisamente en eso: retirar, poco a poco, todo aquello que me impide reconocerme.

Tal vez la vida no consista en convertirnos en alguien, sino en retirar, lentamente, todo aquello que nos separa de nosotros mismos.