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Consagración a solas con el mundo

Consagración a solas con el mundo
Photo by Alfonso Betancourt / Unsplash

Memoria de un segundo bautismo que no sustituyó al primero

A los ocho años el alma aún no sabe su nombre,
pero reconoce las señales del camino.

El pantalón azul fue tu primer altar;
el bautizo, rito ya inscrito en la carne,
al que ese día no entraste
no por negarlo,
sino porque algo más antiguo
te estaba llamando afuera.

Caminaste
—no huyendo, sino eligiendo—
y en el sendero el mundo se abrió como un velo:
las serpientes en lucha,
el anciano suspendido
entre la vida y la muerte,
y el sitio donde el agua nace,
denso,
presente en los huesos
antes y después del paso.

Allí el vuelo te derribó,
no para herirte,
sino para revelarte:

esto no es un sueño.
esto es real.
y tú estás llamado a ver.

Fuiste bautizado otra vez,
no por ausencia del primero,
sino por su recuerdo vivo:
por el viento,
por el miedo,
por el asombro,
y por un ave que no descendió del cielo,
sino que surgió del lugar,
no como ave,
sino como un mensaje
que encontró alas.

Escrito a la luz del ave que aún no ha dejado de volar.

 
 
Este poema no fue escrito por quien lo vivió,
sino por quien, décadas después,
aún se arrodilla en el mismo lugar
y dice:
Sí. Esto ocurrió.
Y sigue ocurriendo.
—El Testigo ya constituido.